Después de una intensa semana completa de emociones y actividades muy variadas, por fin regresamos a casa para descansar. Durante la inmersión lo hemos pasado muy bien y hemos disfrutado mucho. Es verdad que es importante contar lo que hemos hecho, pero también lo que hemos sentido.

El primer día, cuando llegamos, todos estábamos un poco cortados, no sabíamos si nos lo íbamos a pasar tan bien como pensábamos y la primera impresión, y creo que hablo por todos, no fue muy buena. Sin embargo, a medida que fueron pasando los días no fuimos sintiendo más acogidos y familiarizados con el entorno nuevo al que habíamos llegado.

Empezamos el segundo día con mucho ánimo, estábamos deseando comenzar a hacer más actividades. Lo mejor que hicimos ese día fue el recorrido en las alturas a través de los árboles. Algunos estábamos un poco asustados por la altura, de hecho hubo algunos que prefirieron no hacerlo, ya que era opcional. Sin embargo, otros lo hicimos muy decididos, aunque eso sí, todos con mucha ilusión y ganas de pasarlo bien. El juego de por la noche era parecido a la velada del terror, y ahí fue donde la mayoría perdimos la voz. Estaba muy oscuro y solo se podían tener dos linternas por grupo, gritábamos a la mínima y hasta nos asustábamos con nuestra propia sombra. Todos íbamos a alerta porque de repente se te podía cruzar un monitor en medio del camino fingiendo tener una enfermedad psicológica.

El tercer día fue la excursión a Toledo. Cuando el día anterior nos dijeron que nos íbamos a tener que levantar antes, todos pusimos caras largas, pero la verdad que valió la pena. Aprendimos mucho sobre la ciudad y nos pareció muy bonita, lo pasamos muy bien y estábamos deseando que llegase el momento de la tirolina. Al principio algunos decíamos que no queríamos subir debido a la longitud y la altitud, pero nos convencíamos los unos a los otros diciéndonos que íbamos a poder presumir de habernos tirado por la tirolina más grande de Europa. La verdad es que fue una experiencia fantástica y que sin duda todos repetiríamos, porque bajamos de la tirolina pidiendo tirarnos otra vez. Esa misma noche nos tocaba la discoteca y nos arreglamos y bailamos hasta que nos obligaron a irnos a la cama.

Al fin llegó el último día e hicimos la actividad que todos esperábamos con muchas ganas, “paintball”. Nos encantó, porque nos vestimos como si fuésemos del ejército y con las pistolas y a través del campo era todo mucho más realista, creo que todos nos sentimos como si estuviésemos en una película de batalla. Cuando terminó la actividad y comimos llegó el momento de la despedida. Fue ahí cuando nos volcamos los unos con los otros y la mayoría rompimos a llorar. Algunos lloraban por tristeza y otros porque veían a los otros llorar, fue muy bonito aunque a la vez triste porque no dejaba de ser una despedida en la que desde luego la empatía triunfó e hicimos llorar a los monitores. Llevábamos puestas las camisetas del campamento así que nos las firmamos y nos las llevamos de recuerdo.

Al final, lo que empezó siendo como una mala impresión, acabó como una dura despedida de un lugar del que nadie quería marchar.

 

Patricia Puig

Primero de ESO

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